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10 jun. 2014

Luna Roja

Era blanca como la luna nueva, aunque no lo supiera rodeada de estrellas brillaba más que todas ellas. Acompañada siempre de sus hermanos creía saber todo de la vida, para ella no había secretos, pensaba que podía controlarlo todo. Su barrio se le quedaba pequeño, ella se comería el mundo.

Un mal día todo daría un vuelco. Algo en su vida cambiaría para siempre, sus ganas de comerse el mundo se resentirían, los días se harían largos, las noches eternas. Sus recuerdos y añoranzas le consumían por horas, su envidiable vitalidad iba desapareciendo, su único sustento era él. Aquel chico la tenía enamorada, puro amor juvenil, de ese que desde la más inocente ignorancia crees que será para siempre. Pasando por la peor racha que quizás ella sufrirá, él no estuvo a la altura y así, a primeras de cambio, se fue de su vida, dejándola hundida. Hundida en un pozo sin su escalera para salir poco a poco, peldaño a peldaño.

Era ahora como esa luna que está menguante, cada vez se sentía más chiquita, más pequeña ante el mundo, más sola en la oscuridad de la noche. Apenas quedaba rastro de su fuerza y coraje, de sus ganas de vivir y su encantadora sonrisa. Solo ella podría escapar de aquel pozo, solo ella podría resurgir de sus propias cenizas. Todo estaba en ella. Debía guardar las pocas lágrimas que le quedaban para cuando le tocara llorar de felicidad. Sacó fuerzas de dónde no las había. Tiró de su personalidad, de su forma de afrontar el devenir, de su antigua ambición, de sus ganas de arrasar con la vida. Nació de nuevo, ahora era…

Era como la luna creciente, le tocaba crecer de nuevo, aunque lo haría pasito a pasito, con pies de plomo. Ya no tenía esa fe ciega en nadie, no creía en el amor. No se veía corriendo con los ojos vendados como antaño, le tocaba observar con esmero lo que a ella rodeaba, aprender que la vida no es fácil, que te da palos cuando menos te los esperas, que un día puedes estar arriba y que al siguiente segundo puedes vivir en el barro. Que si hoy te caes, mañana te tendrás que levantar, y que cuanto más te caes, más te costará ponerte en pie, así que mejor ir pisando sobre seguro. Con todo esto ella iba tejiéndose una coraza, un escudo para protegerse de todos y de todo. Eso acabaría por alejarla de lo que un día fue. Pero aunque ella no lo quería ver aún se mantenía viva esa llama en su interior, esa llama era sus sueños, sus esperanzas, sus ganas de volver a creer. De volver a creer en ella, en la vida, en el amor.

Y él, la veía. Veía esa llama viva en el interior de ella, la veía a través de sus ojos, la veía reflejada en su pelo rojo. Podría hacerse la dura, negar ser como realmente era, podría protegerse tras su coraza o tras sus palabras, pero él sabía todo lo que ella quería esconder. Sabía incluso lo que ella, quizás, no recordaba de sí misma. Sabía que esa llama sólo necesitaba ser alimentada con miradas profundas, palabras verdaderas y sonrisas sinceras. Él consiguió que terminara de crecer, y lo hizo enseñándola a desaprender. Poco después ella era…

Era como la luna llena. Llena de vida, de ganas, de amor, de fe.


Alberto Ortiz
19/05/2014